Varias veces me encontré frente aquella puerta con el corazón
en la punta del precipicio.
Ojos que no querían creer lo que se encontraba al
otro lado.
Por un lado la realidad y por el otro tus palabras rondando.
Esas palabras hechiceras que mantuvieron su poder desde el primer
día.
Y después de muchas dudas, miedo, dolor, abrí esa puerta.
Y estabas ahí, con ropa pero completamente desnudo,
descubierto ante mis ojos. Te
reconocería en el cielo y en el infierno.
Tu máscara y tus certezas en el piso. Mentiste en eso y en
todo lo demás. Pero esta vez no había forma de disfrazar el momento. Eras tú y
siempre fuiste tú. Yo lo sabía pero me ayudaba a negarlo. ¿Cuantas veces no le
creí a mis oídos cuando me decían que eras tú, que no había manera, que era
mucha coincidencia?
En ese momento recogí los pedazos de corazón, que no aguantó
la fuerza del viento y tropezó en el aire. Cayó rápido y el golpe contundente.
Lo abrace fuertemente y lo volví a poner en su lugar. “No es tú culpa” - le
dije. “Tu misión en el mundo es correr
tras la pasión que te hace latir”. “Tu misión es confiar y yo te necesito para
sentir”. Mientras decía esto crecía,
como Alicia cuando se come la galleta. Y mientras decía eso, tú, el embaucador
número 1, te volvías pequeño, como cuando Alicia se bebe la botella.
Yo ahora espero que no esperes nada de mí. Que te vistas y
salgas corriendo al precipicio contrario. Porque yo ya caí, pero no caeré más
en tus trampas. Caerás ahí junto al
cariño y amor que te di. Que es mucho, que es tuyo y que espero que te acompañe
cuando te sientas triste. Pero del que no recibirás ni una gota más.