Un día se levantó y ya no la amaba. Su primer pensamiento
fue sobre el olor a pan que venía por la ventana de la panadería del primer
piso, y ya no la amaba. Su segundo pensamiento lo llevó al baño, tenía sueño y
era uno de esos días nublados. Aquellos días en que quería acostarse en la cama
y no levantarse en todo el día, y se dio cuenta de que no la amaba porque no quería
compartir su cama.
Pensó en las semanas pasadas. Recordó el intercambio de
mensajes. Las miles de palabras bonitas que iban y venían. ¿Dónde estaban
ahora? Las imaginó saliendo de su cerebro con maletas, como si salieran de
vacaciones, o peor aún, sin intenciones de volver.
Se imaginó una palabra con gafas de sol y cachucha, con una
maleta azul de rueditas saliendo del cerebro y caminando hacia afuera por las
orejas. Las palabras que no se dicen prefieren fugarse, se van en busca de una
mejor vida en cerebros que las utilicen.
Pero, ¿Qué hacía? Era un hecho, ya no la amaba. ¿Habría sido
la costumbre? Imposible. Nada de ella le resultaba normal, no habían tenido
tiempo suficiente para repetir planes. Aunque puede que sí, desayunaban juntos
todos los lunes y tenían postre de mieles por la tarde ¿y qué hay de malo en
ello?
No podía ser la costumbre, pero el hecho era que ya no la
amaba.
En ese momento vibró su celular. Era obvio debía ser ella
con su clásico mensaje matutino: “Buenos días, ser lindo de mi vida”. ¿Por qué
será que no lo entiende, por qué será que no soy capaz de decirle?
Respondió rápidamente
con una sonrisa, mientras pensaba en si debía cambiarse o no para bajar por
pan. Mientras bajaba pensaba en que ella
no iba a parar de escribir, en lo injusto que era el amor no correspondido y en
las pocas veces en las que le pasó. Ella es bonita, inteligente, sexy,
seguramente encontrará a alguien más, pensaba.
Otro mensaje, esta vez con una canción, -Changos, tal vez lo
mejor es ignorarla. Tal vez si la ignoro lo suficiente ella desiste. -¿y si
desiste? Pues habrá otras, después de todo esta es una historia más.
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